lunes, 1 de marzo de 2010
Mi primer escrito
Siempre el mismo lugar, una calle empedrada en cuesta al final de la cual veo el muro de una iglesia y, asomándose detrás de él, las puntas de unos cipreses y el campanario, a ambos lados de la calle unos pequeños cafés, tal vez tabernas, colgados perpendicularmente a la fachada unos carteles de madera con sus nombres, una luz cálida en el interior, está anocheciendo, un pitido llama mi atención, va subiendo de intensidad, es muy molesto, entonces desaparece de mi vista la calle y aparece delante de mí una total oscuridad, apago el despertador y enciendo la luz, rebusco en mi memoria intentando recordar lo que he soñado, nada, únicamente ese vestigio de sueño en forma de imagen, siempre el mismo, y una extraña sensación, una mezcla de alegría y melancolía por un sitio que no recuerdo haber visto despierto y por una mujer a la cual no soy capaz de poner un rostro. Espero cinco minutos para tranquilizarme y familiarizarme de nuevo con mi habitación, ¿cuántas habitaciones he tenido en mi vida?, demasiadas para mi gusto, algunas personas tienen la suerte de poder volver a ver su primera habitación como la recordaban, tal vez el hecho de que las circunstancias me lleven a desligarme de los lugares que significan algo para mí, sea una compensación a mi tendencia natural a volver la vista atrás. Me levanto de la cama, hace frío, me pongo encima una chaqueta demasiado vieja como para atreverme a sacarla a la calle, pero a la que tengo especial cariño. Abro la persiana y echo un vistazo a la pequeña plaza a la cual da mi habitación. En el centro de la plaza hay un pequeño jardín con unos árboles desprovistos de hojas en esta época del año. Un hombre está jugando con su perro. Me gustan los perros, tal vez sea por su actitud despreocupada y su inocencia, pero es un sentimiento que no puedo racionalizar, solo puedo decir que me hacen sentir bien. Escucho la ducha, esta vez tendré que desayunar antes de ducharme. Me dirijo a la cocina a preparar el desayuno. Miro hacia la ventana, observo que el día está gris y que aún no ha amanecido del todo. Pienso con ironía en las idílicas imágenes de los anuncios de cereales y demás productos para el desayuno en los cuales siempre hace un día estupendo y el sol siempre entra por la ventana. Después de asearme y vestirme salgo a la calle. La ciudad a esta hora me recuerda a un hormiguero excitado. Los coches y autobuses engullen y vomitan gente a partes iguales. Todo el mundo aparenta llegar tarde. Cojo el metro y después de validar el ticket echo un vistazo rápido a la gente que me rodea. Me viene a la cabeza el argumento de un corto que vi hace tiempo; en él aparece un hombre sentado en un banco esperando por el siguiente metro con un gesto inexpresivo, casi robotizado. De pronto se planta frente a él una especie de hombre gigante de hormigón sin rostro, empieza a realizar un baile en el cual emite un molesto sonido al golpear el suelo, inclinándose al mismo tiempo encima del hombre, avasallándolo, privándolo de aire y espacio. El hombre se levanta e intenta alejarse, comprobando horrorizado que el ser sigue cada uno de sus movimientos. Coge el metro y el ser sube con él. Llega al trabajo y se da cuenta de que cada persona lleva su propio monstruo de hormigón. Cada uno de estos seres realice una particular tortura a su “acompañante”, uno golpea de forma suave e insistente en la cabeza a una mujer, otros simplemente están allí, amenazantes. Yo nunca seré así, pienso, aunque inmediatamente me rio de mi vanidad ¿Cómo será mi particular monstruo de hormigón?....
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